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domingo, 14 de junio de 2015

Hábitos sagrados


Los hábitos, las acciones que repetimos a lo largo de los días de una manera repetitiva. A mí me gusta llamarlos rituales. Rito, dícese de aquello que es “Costumbre o ceremonia”. Costumbre es aquello que hacemos sin darnos cuenta de porque realmente lo hacemos, apenas sin conciencia de lo que hacemos y de por qué lo hacemos.
Casi siempre esos rituales nos hace la vida más cómoda, desde la perspectiva de nuestro cerebro que no hace ningún esfuerzo extra para pensar lo que estamos haciendo, esto es, cuando nos preparamos la cena o cuando nos sentamos en el sofá para embebernos con lo que pongan por la tele o nos tomamos nuestra dosis habitual para que nuestra mente pare, llámese alcohol, estupefacientes, etc. Es decir, por un lado le hace bien a nuestro cuerpo para que descanse y por otro no embrutece en el sentido de que realmente no nos planteamos a otro nivel si eso nos está haciendo bien realmente.
En casi todas las tradiciones religiosas existen ceremonias para iniciar el día y para el ocaso. En el Cristianismo es muy especial la ceremonia de la hora prima, o la última oración del día que nos dice el Islam. Es decir que los seres humanos sentimos de alguna manera que cada nuevo día se merece una ceremonia que nos haga conectar con algo más allá de nosotros mismos que se puede llamar para el caso que nos ocupa como DIA. Este momento debe de ser un momento sagrado. Se debe preparar todo nuestro ser para afrontar todas las visicitudes que nos puedan acontecer. Se debe afianzar la atención, se debe preparar el terreno para tener la mayor claridad posible así como conectar con nuestro corazón para desde ese centro empezar a funcionar, entrenando mediante el ritual que escojamos estas cualidades que hacen que nuestro día se desarrolle en un estado más elevado de claridad y una disposición correcta de nuestro ser integral.
Para el ocaso, de igual manera, existen ceremonias de clausura del día, es decir cuando le decimos a todo nuestro ser que es la hora de descansar, es la hora de cerrar el ciclo del DIA y comenzar un nuevo ciclo que es la NOCHE, la otra cara de la moneda y que identificamos con la luna, con la caída del sol y el nacimiento del no sol o simplemente noche. En ese momento recogemos internamente todo nuestro ser, al igual que las flores que se cierran por la noche, nos replegamos hacia nuestro interior, tratando de integrar todo aquello que nos ocurre durante el día.
Por lo tanto, son dos momentos del ciclo de la vida, que son importantes prestarles la máxima atención y realizar nuestras ceremonias de la manera mas conciente posible, de ellos dependerá tanto nuestras experiencias diurnas como nuestro sueño nocturno.
El saludo al sol, por ejemplo, o la ceremonia final de zazen de la mañana en la tradición Zen, son dos rituales de enorme atención y que preparan de buena manera a todo nuestro ser para afrontar el día, con tranquilidad y claridad en nuestras acciones, con el corazón abierto y alerta para elegir en base a él. Lo mismo puede ocurrir con todos aquellos rituales honestos y de corazón que hagamos cada uno en nuestra intimidad. Todo es ritual, es sagrado si se hace con claridad y corazón. El día inevitablemente será de una enorme claridad, cuanto más claro lo veamos, mejores serán nuestras decisiones.
Para la noche no sería menor la atención que debemos ponerle. Vamos a finalizar un día de hacer a nivel físico, emocional, mental y espiritual. Hemos tenido un día de trabajo agotador y necesitamos esa desconexión, o bien, hemos tenido preocupaciones por precisamente lo contrario, no tenemos trabajo y necesitamos uno. Por lo que quiera que sea, cuando llega el fin del hacer, llega el momento del no hacer. Llega el momento sagrado del prepararse para ofrecer a nuestro cuerpo-mente el descanso que merece. Como un buen amigo al que estamos agasajando, debemos tratar a nuestro cuerpo de la misma manera. Con conciencia amorosa hacia nosotros mismos, realizar ese ritual que nos prepare para cerrar los ojos y abandonarnos al sueño que nos repara, que nos hace un “reset” en la mente y en el cuerpo. Cada uno tenemos el nuestro, como ya he dicho, todas las tradiciones espirituales tienen esa ceremonia de fin de día, y tienen su sentido y su porque más allá de la comprensión mundana. El simple hecho de detenernos y recrearnos en el ritual del ocaso, prestando atención, dándole significado a lo que estamos haciendo y para que, nos prepara de muy buena manera para descansar.
Que la oscuridad vaya inundando el hogar, que nuestro ritmo y respiración se vaya acompasando, que nuestra mente se vaya volviendo hacia nuestro interior de nuevo. El encendido del incienso de la noche, la ducha caliente de antes de cenar, la tacita de té que simboliza el recogimiento que antecede al descanso. Si todos esos rituales que hacemos les prestamos atención y nos abrimos al momento presente, se volverán sin lugar a dudas en sagrados y por lo tanto nuestro descanso será equivalente. El ciclo del día se cierra sobre nosotros, una pequeña muerte acontece, de nuevo, renacerá al día siguiente un nuevo ser.


Dani Remedios, E.L.
Tazacorte  

14 de junio de 2015

martes, 7 de abril de 2015

Resolución de conflictos

¿Busca problemas o prefiere encontrar soluciones?

Conflictos, nadie los quiere, pero todo el mundo los tiene en algún momento de la vida. No hemos sido educados para su gestión, a pesar de que formarán parte de nuestra vida y trabajo con seguridad. Tal vez afrontar crisis no sea lo acertado, sino aprender a prevenirlas y “gestionar soluciones”. Todos nosotros, a nivel personal, tenemos desencuentros de alguna clase en nuestras relaciones, pero aplicar ciertas pautas de autocontrol puede abrir vías de acuerdo. Un conflicto es un desacuerdo persistente entre personas o entre colectivos humanos. Es un choque de egos y de intereses. La forma puede adoptar diferentes apariencias: mala comunicación, intereses opuestos, opiniones encontradas, incompatibilidades, discusiones, peleas… pero en el fondo todo eso es reflejo de la necesidad oculta de “tener la razón”. La intensidad y cantidad de confrontaciones de una persona o colectivo es ­proporcional al nivel de autocontrol. Cualquier persona debería preferir tener paz a tener razón.

Para simplificarlo, el origen de nuestras dificultades está en el ego, autoconcepto o autoimagen construida, que asumimos como identidad real. Y cuando un ego cuestiona a otro, se percibe como un ataque a la identidad propia, y la explosión está servida. No es exagerado afirmar que el mundo no tiene problemas; lo que sí tiene es personas con el ego inflado que confunden su identidad real y esencial con su ego fabricado.

Todo desacuerdo implica una serie de emociones: un deseo o voluntad no satisfecha que genera frustración, decepción, ­enfado, ira, agresión, violencia. Estas tres primeras emociones –que forman parte del ámbito interno– cristalizan en aquellos tres siguientes comportamientos en el ámbito externo.

Pero la frustración no es un problema real, simplemente es la no aceptación de una realidad. Las personas inmaduras emocionalmente son incapaces de aceptar lo que no está en su mano cambiar. Niegan la realidad en sus mentes y cuando ven que el mundo no se aviene a sus exigencias, se encolerizan. Exigen una reparación y el desasosiego que crean es proporcional a su necesidad de ser reparados.

Así nacen los conflictos: un abismo que se abre entre lo que es y lo que debería ser. Y aún peor, se procrean, crean réplicas y reacciones que empeoran el problema.

Un conflicto es la “representación mental” de unos acontecimientos o situación, una cosa son los hechos y otra las interpretaciones. Y es la interpretación de los hechos lo que enemista a las personas. De hecho, ­muchas crisis empiezan desde la pura nada: un silencio, una omisión, una presuposición, un olvido, una creencia, una petición no expresada, un derecho imaginario… En realidad nada ha ocurrido salvo la fabricación de un desacuerdo.

Todo problema tiene una o más soluciones, y ninguno carece de ella. Más bien las partes encontradas son las que necesitan solucionar sus posiciones mentales antes de poder negociar una salida justa y digna para todos. La realidad es que siempre hay una opción de acuerdo, lo que ocurre es que no gusta. Por alguna razón creemos que las soluciones deben ser agradables y fáciles y, sobre todo, que impliquen un beneficio a costa del perjuicio del otro. Pero no todas las alternativas son fáciles, la paz también tiene un precio. El problema, el único, es que las partes no quieren pagarlo: desean una salida gratis, sin concesiones. No es realista.

No hay conflictos en el mundo, pero sí mentes conflictivas que creen firmemente en ellos. Como aceptarlo es muy duro, lo fácil es señalar hacia los demás. La pregunta que ­debemos formularnos es: ¿cómo es que mis problemas son los demás? Si entendemos el desacuerdo como una posesión mental, ¿cómo puede estar en el mundo algo que ocurre en la mente?

Cada elección que tomamos es en el fondo una elección entre la paz o el conflicto. (La pregunta que hay que formularse es: ¿esta elección que voy a tomar aporta más paz o menos a mi vida?). Porque, más allá de lo que ocurra y de lo que hagan los demás, siempre podemos encontrar la paz en lugar de lo que vemos.

¿Qué hacer y cómo reaccionar en un desacuerdo? Cuanto antes se actúe, mucho mejor, porque cuando los ánimos se caldean, hace falta mucha agua para enfriarlos de nuevo. Cuando el problema empieza a hacerse visible, es el mejor momento para atajarlo; después ya puede ser tarde. Para entenderlo valen los ­símiles de una enfermedad o un incendio: ­actuar rápido es la mejor opción.

El proceso es predecible y todos lo hemos experimentado en alguna ocasión: aparece un desacuerdo que puede ser menor o mayor y que actúa como desencadenante, en una escalada de confrontaciones que acaban o bien en la resolución, o en un punto de no retorno que conduce a la explosión. Como el problema no ha sido resuelto, sino solamente sofocado por la fuerza, uno nuevo surgirá tarde o temprano como consecuencia del anterior.

La crisis retroalimenta una espiral difícil de atajar. En su propia dinámica ascendente, cuanto más lejos se llega, más rápidos son los acontecimientos que genera hasta que se alcanza un punto en el que la explosión es casi inevitable. Y cuanto más se avanza, menos controlable es evitar el punto en el que no se puede volver atrás.

Finalmente, ganar una confrontación es una victoria provisional. Puede tener beneficios, pero seguro que tiene también costes. Estos no siempre son evidentes. Para prevenirlos, todas las partes deberían evaluarlos, tal vez descubrieran que son superiores a las ventajas que se pretenden conseguir.

Por ejemplo, la ganancia de mantener un conflicto personal con un compañero de trabajo podría ser: sensación de control, manipulación, reforzar la autoimagen, ganar las luchas de poder, un desahogo, reconocimiento ajeno, tener razón y decir la última palabra… Todo lo que podríamos llamar jugar a los juegos superficiales del ego.

Y algunos ejemplos de los costes: poca colaboración y empeoramiento de la calidad del trabajo, dificultades en el sueño y problemas de salud, pérdidas de tiempo y energía, pérdida de la amistad, empeoramiento de la comunicación, pérdida de la alegría, de la felicidad y paz interior… En fin, desatender las necesidades profundas del espíritu.

Finalmente, para resolver un conflicto podemos probar con estrategias como:

Dejar de hacerlo más grande. Empeorar las cosas no es parte de la solución, sino del problema. Centrarse en reducir las diferencias es más útil que aumentarlas.

Cuando lo de siempre no funciona, toca hacer otra cosa. Las crisis auténticas lo son de falta de imaginación y creatividad.

Dejar de alimentarse de viejas creencias. Cuando no se es capaz de pensar en nada diferente no se encuentran salidas diferentes.

Actuar más y no perderse en las explicaciones. Teorizar en las explicaciones para entender no significa que sirva para llegar a un acuerdo; mejor actuar.

Buscar puntos de acuerdo y no de desacuerdo. Dedicar casi toda la sesión de negociación a lo que se está de acuerdo facilita después resolver los puntos de desencuentro.
Pasar del detalle a lo global. La perspectiva amplía el punto de mira y permite ver detalles que antes no se consideraban.

Cambiar el vocabulario. Hay expresiones y palabras negativas que no ayudan a resolver y otras positivas que sí.

Dejar de juntarse con los que tiran balones fuera. Es obvio que no conocen cómo resolver conflictos, mejor frecuentar gente responsable.

Hacerse buenas preguntas. ¿Cuándo aparece y cuándo desaparece?, ¿dónde, con qué frecuencia y con quién aparece?, ¿qué hace que vaya a mejor y a peor?, ¿de qué sirve?, ¿qué hace que no vaya peor?…

Una vez se conoce el patrón, es fácil romperlo con un hábito nuevo, un nuevo comportamiento, con nuevas creencias o simplemente con aceptación.

Anna Parini

elpais.com